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¿A quién favorece?

Por: Fabio Humar

Lo digo duro, sin dudas, para que no queda la menor inquietud. No tengo una sola dubitación en que la justicia, cuando es eficiente, es pronta y cumplida, es revolucionaria. 

Nada más gentil para el crecimiento de una nación que una buena y eficaz justicia. Y ningún fertilizante más poderoso para las dictaduras y la violencia y la agresión que la falta de probos y rectos tribunales. Que lo digan en Venezuela, donde la tiranía fraguó en el momento en que les echaron mano a las cortes. 

¿No me creen? En Bogotá, donde un caso ante la Fiscalía se resuelve en un lapso de entre 5 a 7 años, encuentran cuerpos desmembrados dentro de bolsas. Nadie sabe nada, y las autoridades salen con el bobalicón cuento de que es una guerra entre pandillas.

Por otros lados, menos glamurosos que Bogotá, el Clan del Golfo evidenció que el estado, y la justicia, eran casi inexistentes. Los caballeros se dieron el lujo, y el gusto, de cerrar medio país. El paro no era de ellos, que estaban en plena marcha, sino del Estado que no apareció por esos lados. 

¿Si ven la necesidad de justicia? No es invento que mío, que no doy para tanto. Es que la justicia, como servicio público esencial ha mantenido a los estados lejos de las anarquías. En fin, cuentos milenarios que nos gusta reevaluar por estas tierras. 

A qué viene todo este cuento, se preguntará el lector. Pues que, por primera vez, en años, en décadas, Colombia tuvo una justicia medianamente eficiente, pronta, democrática y accesible a todos los jugadores del sistema legal. Me refiero a la virtualidad, que llegó de la mano del dolor que trajo la pandemia. Pero, claro, toda tempestad luego de haber pasado deja una grata sensación de tranquilidad. Y eso pasó, precisamente eso, con la justicia. Por fin se hicieron todas las audiencias; al fin se abandonaron los vetustos edificios construidos hace 40 años, que amenazan ruina. Por fin, el sistema judicial dejó de ser el infame sistema aplazatorio, a ser el verdadero sistema acusatorio. 

Los primeros meses de la pandemia, nadie sabia como litigar por mail, ni usar las fabulosas pero desaprovechadas tecnologías telemáticas. Pero como seres de costumbres, aprendimos a litigar por esas novedosas vías. Y hoy, veintitantos meses después, ya tenemos cancha en la materia. 

Y por primera vez, las cosas funcionaron. ¡Hágase la luz¡ Y ahora, los proceso milenarios y centenarios, duran menos, y son más eficientes, y menos costosos. Desde luego, no vamos a caer en la trampa de decir que ahora la justicia es perfecta. ¡Ni más faltaba! Pero lo que ahora tenemos es cientos de veces mejor que lo que había antes. 

La duda es la de siempre: Si es tan bueno, ¿por qué lo quieren quitar? No olvide, señor lector, que ya hay un proyecto de ley que eliminó la virtualidad de la jurisdicción penal. La razón no es otra que la obvia: Hay personas, hay poderes, que no tiene ninguna necesidad de que prospere la justicia penal. Les sirve a esos poderes, a esos micropoderes que hacen tanto macro daño, que la justicia sea ineficiente.

Hay que decirlo con todas sus letras: La pronta y eficiente justicia es la más revolucionaria de todas instituciones, pues no deja pillos sueltos, de esos que florecen por nuestras tierras. 

Hay, desde luego, intereses económicos que andan tras la mala administración de la justicia ya que siempre se han beneficiado de los defectos en su funcionamiento.

Es que, acaso, ¿no se dan cuenta que la justicia, esa dama con los ojos vendados, es la única que nos trata a todos por igual, sin distingo?

He ahí el problema: Que si bien todos somos iguales, hay algunos más iguales que otros, como diría George Orwell.

Y ahí, mis amigos, es donde radica la necesidad de que la justicia no funcione, ya que perpetuará los siglos de injusticias, amen. 

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