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¿Querían un cambio? Tienen un cambio

Por: Daniel Raisbeck.-

Gustavo Petro ya se sentía presidente de Colombia y, tal vez como le corresponde a un candidato elogiado entre los suyos por su “sólida fundamentación marxista”, celebraría el triunfo electoral del pasado domingo en el Salón Rojo del Hotel Tequendama.

La ubicación icónica no era para menos, pues, como sugerían prácticamente todas las encuestas, el antiguo guerrillero del M-19 sería el candidato por lejos más votado en las elecciones del pasado domingo.

Luego se enfrentaría en el balotaje a Federico Gutiérrez, exalcalde de Medellín y candidato de los partidos tradicionales, a quien derrotaría por un amplio margen. 

Pero el petrismo también redobló sus esfuerzos – por medio de una serie de alianzas turbias- para dar una sorpresa en primera vuelta, obtener más de la mitad del voto total y ganar la presidencia de inmediato. Sería “el cambio en primera”, según su lema de campaña.

Y la primera vuelta sí trajo un cambio bastante drástico, pero no fue el que esperaba el equipo de Petro, cuyos invitados en el Tequendama demostraron el ánimo festivo de quien espera someterse a una inminente endodoncia. 

El favorito ganó la primera vuelta con 40 % del voto, pero, en contra de los pronósticos, resultó que su contrincante en la elección definitiva del 19 de junio no sería Gutiérrez, cuyo rol se hubiera limitado a personificar la alfombra roja sobre la cual marcharía Petro en su triunfante ingreso a la Casa de Nariño. 

No, los votantes decidieron que Petro debía enfrentar en la segunda vuelta al único candidato que sí lo puede vencer: el impredecible y heterodoxo Rodolfo Hernández, magnate de la construcción de 77 años de edad, y, en su única incursión reciente en política, exalcalde de Bucaramanga.

Para entender la diferencia entre Petro y Hernández, basta con ver la transmisión de sus respectivos discursos del domingo.

Petro, exalcalde de Bogotá, pontificó frente a su público durante un cuarto de hora desde una tarima, rodeado por su familia y la de su candidata a la vicepresidencia.

Llevaba un blazer y camisa blanca sin corbata, más tecnócrata de mediana edad que insurgente poco arrepentido. 

En medio del desánimo del orador, no fluyó su usual retórica neo-gaitanista desde el atril, cuyo letrero anunciaba que “Se viene el cambio por la vida”. En el fondo se desplegaba una imagen de una multitud petrista. 

Todo muy revolucionario, pero orquestado con cada adorno de la política tradicional y gestionada por asesores careros.   

Por su parte, un radiante Hernández, ingeniero civil de profesión, se limitó a hablarles brevemente a sus seguidores a través de un Facebook Live, transmitido desde la cocina de su casa. En el fondo se veía la estufa. El austero candidato vestía una camiseta amarilla, una clara muestra de formalismo.

En una entrevista reciente con CNN, el ingeniero apareció en pijama, porque “estaba en el tercer sueño” cuando lo llamaron después de las siete de la noche. 

El mismo Petro, máximo experto colombiano en demagogia, reconoció las capacidades demagógicas de Hernández al invitarlo en numerosas ocasiones a formar una alianza en la que Petro, por supuesto, iría a la cabeza. 

Hernández, sin embargo, tenía otras ideas. Pero Petro sólo empezó a atacarlo por ser un “millonario corrupto” durante las últimas dos semanas, cuando el ingeniero surgía en las encuestas. 

La ironía es que Petro, quien se despacha regularmente contra “la oligarquía” y se presenta como el flagelo del establecimiento, desató la furia anti-sistema que terminó por elevar a un rival que lo hace lucir a él como el más cotidiano tinterillo de La Candelaria. 

No en vano, Petro pasó ocho años como senador, once como representante a la Cámara, dos como concejal de Zipaquirá y hasta otros dos como Primer secretario de la embajada colombiana en Bruselas, para no mencionar sus perennes y extravagantes campañas presidenciales.

Con no poca gracia para el espectador objetivo, Petro se encuentra en la etapa final de una longeva cruzada contra la clase política, y él es la clase política. 

Por ello el repentino y cómico esfuerzo de sus aliados por presentarlo como un experimentado “estadista”, justo cuando el 60 % de los votantes lo rechazan por no querer experimentar su agresiva agenda estatista, que incluye expropiar pensiones privadas, acabar la exploración petrolera en un país petrolero e imprimir dinero a la venezolana.

La potencial derrota de Petro, tan improbable hasta hace pocos días, ha generado varios comentarios acerca de la “élite” colombiana, supuestamente tan sofisticada y superior a las de los países vecinos que logró impedir la toma hostil de las instituciones por parte de un chavista en el último minuto. 

Si se trata de la élite político-empresarial, sin embargo, en realidad estamos donde estamos hoy no por su genialidad, sino pese a ella, con su torpe apoyo a candidatos tan inviables y continuistas como Alejandro Gaviria o el mismo Gutiérrez. 

Fue, más bien, la intrépida ciudadanía colombiana la que, en un extraordinario ejercicio de sabiduría colectiva, rechazó al actual, pésimogobierno uribista a la clara amenaza del petrismo al mismo tiempo.

En cuanto a la élite intelectual, su inclinación hacia Petro ya era manifiesta. De hecho, Petro ha debido preocuparse cuando empezó a recibir el apoyo público de figuras como Carolina Sanín al nivel nacional y, en el exterior, de Noam Chomsky y Thomas Piketty. 

Como dice el autor Nassim Nicholas Taleb: “Nunca se ha quebrado alguien al apostar en contra de los intelectuales”. La fuerte apreciación del peso y el repuntebursátil de este martes darían fe de ello.

Si Hernández logra devolver a Petro al senado por otro cuatrienio, será el efecto del deus ex machina que, como mencioné la semana pasada, necesitaba Colombia para salvarse de una debacle y salir invicta- al menos por ahora- frente al Socialismo del Siglo XXI. 

No obstante, no hay que olvidar que, como bien diagnostica Juan Ramón Rallo, la propuesta económica del ingeniero contiene fuertes dosis de socialdemocracia y mercantilismo, justo en un país donde imperan los socialdemócratas y los mercantilistas. 

Aunque el intervencionismo de Hernández impedirá una muy necesaria apertura comercial, rescato su austeridad fiscal y su respeto por las libertades individuales, especialmente en su reconocimiento del fracaso de la prohibición de las drogas.

Y su estilo tampoco es algo menor dado lo que expresa en el fondo. Como escribí en mi reciente libro, los gobernantes liberales bajo la Constitución de 1863 “solían ser hombres de acción y de empresa, años luz del burócrata cum político profesional que prolifera” en nuestros días.

Parece que la demanda por un cambio real era mucho más fuerte de lo que los petristas imaginaban.

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