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Sobre la seguridad alimentaria

Por: Carlos Gustavo Cano*

Volvió a la mesa el tema de la seguridad alimentaria. Y también la energética, que van de la mano. Vueltas da la vida. 

A partir de la década de los años 90 del pasado siglo, que se inició bajo el signo de lo que entonces se conoció como el Consenso de Washington, y que elevó el libertinaje de las fuerzas del mercado a la categoría de dios de la economía, la suerte de los más pobres sufrió el más profundo descalabro de nuestra historia reciente. 

En aquel tiempo, el de la alabada apertura, quienes se atrevían a cuestionar esa doctrina, eran tildados de anacrónicos y virtualmente condenados a la hoguera por parte de sus diáconos y defensores de oficio. 

Pero el ulterior comportamiento del aparato productivo, infortunadamente para la suerte del país, les concedió la razón. 

Como resultado de la entonces moda aperturista, incondicional y sin reciprocidades, la de los años 90 fue la década perdida de la ruralidad y la agricultura lícita. 

En efecto, se perdió durante ese lapso una cuarta parte del área cultivada del territorio. Un millón de hectáreas. 

Las importaciones de comida se multiplicaron por siete veces. Los campos se llenaron de cultivos de coca, reemplazando al Perú como el gran suministrador del globo. 

Los frentes guerrilleros y paramilitares vinculados al negocio del narcotráfico florecieron por doquier. 

Y, como resultado, la democracia acabó lesionándose en materia grave, a la par de la ampliación de la brecha de desigualdad entre los pobladores rurales y los urbanos. 

La verdad es que hasta hoy los flujos del comercio internacional agropecuario han solido estar determinados por una feroz guerra de tesorerías entre los países más ricos por cuenta de los subsidios directos otorgados a sus agricultores Estados Unidos y Europa -, ante la cual los más pobres, con sus débiles fiscos, no han tenido posibilidad alguna de responder por igual. 

En materia agropecuaria, el tal libre comercio sólo ha existido en la imaginación de la flamante burocracia internacional encargada de dirigir las negociaciones sobre el tema. 

A propósito, recuerdo una elocuente frase de un miembro de la delegación de Ecuador en la fallida ronda multilateral de comercio celebrada en Cancún (México) en 2004: El libre comercio es como el paraíso. 

Todo el mundo quiere llegar allí, pero todavía no. Y de la de un asistente de otro país vecino: La más importante decisión en es os e en os es la 

escogencia de la sede  la fecha del próximo. 

Tras haberse recuperado la producción agrícola lícita durante la primera década del presente milenio, hasta alcanzar de nuevo el mismo nivel de ocupación territorial que exhibía hace 30 años, las cosas volvieron a su punto de partida, y nos consagramos como el primer productor mundial de la célebre hoja. 

Desde entonces, la dominancia alimentaria de la inflación ha sido una constante, y, por consiguiente, el más grande dolor de cabeza para la autoridad monetaria.  

Como si fuera poco, choques externos o exógenos, no controlables por parte de las instituciones encargadas del manejo macroeconómico, como los estragos de la pandemia; el cambio climático; las confrontaciones comerciales como la existente entre China y Estados Unidos; las recurrentes restricciones y aún prohibiciones de exportaciones de alimentos como la carne de bovino en Argentina, de arroz en Vietnam y Tailandia, y, más recientemente, de aceite de palma por parte de Indonesia y de trigo por parte de India; y la invasión rusa de Ucrania  las dos naciones que en conjunto conforman la principal fuente de energía, fertilizantes y granos del planeta -, han colocado en un serio aprieto el normal abastecimiento de comida y energía del mundo.  

Ya no se trata de entorpecer las importaciones de comida mediante aranceles altos u otras medidas similares. 

Lo que estamos viendo, por el contrario, son restricciones, y aún prohibiciones, de exportación de comida, como un imperativo de seguridad nacional. 

Se trata, ni más ni menos, del proteccionismo a la inversa. 

Fenómenos de índole geopolítica y climática, como los referidos, los cuales se apartan de los denominados fundamentales de la economía, suelen ser impredecibles y causantes de alteraciones de la seguridad alimentaria y energética, la cual se debe entender como el libre y expedito acceso a la oferta.

Pero, según lo hemos experimentado, esa teoría pocas veces funciona en la realidad. 

De ahí, el rampante regreso de la inflación, vía alimentos y energía, la vieja pandemia que en la historia se ha materializado no solamente en desarreglos económicos, sino también en desgarramientos y rupturas sociales conducentes a conflictos internos y externos. 

Como solía afirmar Lenin, la forma más eficaz de derrotar a una nación es corromper su moneda. 

Por consiguiente, resulta crucial contar con una huerta propia, robusta y suficiente, y con fuentes confiables y garantizadas de generación de energía bajo nuestro control. Fundamento esencial de la seguridad nacional.   

¿Qué debe hacer el banco central? 

No necesariamente reaccionar en primera instancia ante choques de oferta, pues los instrumentos con que cuenta  tasa de interés de referencia, regulación de la liquidez, esto es la cantidad de dinero en circulación, encajes bancarios, etc. -, se hallan diseñados únicamente para regular la demanda. 

A no ser que las expectativas de los agentes económicos sobre la inflación se alteren, y se desanclen de la meta fijada por su Junta Directiva, como efectivamente es el caso actual. 

Por ello debe seguir actuando con toda la firmeza, sin permitir que la vacilación  anclada en la falsa creencia de que no es otra cosa q e n mero fen meno ransi orio -, otra vez se imponga sobre el arte de la anticipación. 

En materia de política monetaria, como bien lo ha ilustrado el profesor de la Universidad de Columbia Michael Woodford, no hay nada más relevante que las expectativas sobre la inflación. 

Y del lado de la oferta alimentaria, comenzar por los fundamentos de una economía de mercado rural sostenible, competitiva y equitativa. 

Es decir, el afianzamiento de la seguridad jurídica sobre los derechos de propiedad, a la par de la titularización de predios en situación de tenencia informal pero real y productiva desde tiempos ancestrales. 

Tarea clave a fin de enfrentar la insoportable exclusión financiera que acosa al campesinado. 

Por la optimización de la actual frontera agrícola mediante la masificación de las vías terciarias a fin de conectar físicamente los suelos más fértiles de nuestras cordilleras y planicies con los mercados urbanos. 

Y por estimular otras formas de acceso a la tierra como el arrendamiento, el usufructo, el comodato, y las cuentas en participación, entre otras, a fin de darle acceso a la misma a jóvenes talentos, con la mira de ocupar no menos de veinte millones de hectáreas aptas para la producción agrícola, pero hoy ociosas o subutilizadas. 

O sea, el triple del área actualmente cultivada.  

Para ello se precisan incentivos fiscales, como por ejemplo la exclusión tributaria de las rentas de esta naturaleza para los propietarios legítimos que accedan a ceder sus fincas bajo dichas modalidades, siempre y cuando se celebren en plazos no menores a diez, quince, veinte o más años, según el caso. 

Tal el enorme potencial para satisfacer nuestra seguridad alimentaria y la de otros mercados, y a su turno coadyuvar al control eficaz de la inflación. 

Tomar provecho de semejante oportunidad con toda la determinación de la sociedad, de manera inteligente y acelerada, constituye la máxima prioridad indisputada en los tiempos que corren. 

*Ex ministro de Agricultura, ex codirector del Banco de la República y director de Ecopetrol 

Bogotá, julio de 2022 

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