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El abuso con el discurso de la paz

Por: Carlos Noriega

Como ciudadano y joven, considero que el dialogo y el mercado son las más importantes creaciones en materia de resolución de conflictos, que el hombre haya inventado.

La priorización que ambas deben tener en las sociedades es indiscutible, pero, y he aquí el meollo del asunto, no son absolutas.

La violencia, en su uso legítimo o no, es un fenómeno del que no podemos escapar, negar o si quiera controlar al cien por ciento.

Es una herramienta de la evolución que nos acompañará como especie hasta el final de esta, cosa que nos plantea el desafío social e individual de gestionar con absoluta perfección su existencia.

Desde los albores de la civilización, la discusión sobre el uso de violencia ha tenido dos marcados caracteres; el legítimo y el ilegitimo.

Que, sin entrar en las interminables calles de la discusión legal, se pueden simplificar en la existencia o no de una motivación moral para su empleo.

En un ejemplo llano, jamás será juzgado como igual el uso de la violencia por parte de una persona abusadora, que la violencia usada en defensa por el abusado.

Puede considerarse algo obvia toda esta pretenciosa introducción, pero es precisamente el hilo suelto que deshilacha el disfraz de “el discurso de la paz”, dejando ver lo que verdaderamente es; una herramienta de marketing político.

La paz como instrumento político

Una de las más peculiares y asquerosas cualidades de la política es esa perfecta forma en la que puede corromper cualquier tema.

Ni las ciencias duras, que reposan sus resultados en la robustes objetiva de las matemáticas, se han salvado de tal contaminación.

Obviamente la paz no es la excepción, y sucumbió ante ella por allá en el año dos mil dieciséis.

Todavía tengo el vívido recuerdo de la propaganda de reelección de Juan Manuel Santos, donde preguntaba a madres, de manera intimidatoria ¿Usted prestaría su hijo para la guerra?

-Otra de esas preguntas trampas, que arrinconan cualquier pensamiento divergente-.

Este mensaje, en lo personal, caló mucho en mi interior siendo el motor principal para votar Sí en el plebiscito.

Si bien admito que no me arrepiento del todo de ese voto, principalmente por el increíble decrecimiento de los muertos en todos los bandos, era consciente de que todo terminaría mal gracias a que esa baja mortandad era algo temporal.

La razón principal es que la contaminación política del tema permitió la apertura de agujeros que, dado el tiempo transcurrido, son ahora insubsanables.

Pero ¿Cuáles son? Y ¿Por qué no se pudo hacer nada?

Para la primera pregunta, aunque no puedo mencionar todos los agujeros y sus peligros, el más claro y del que hoy vemos sus consecuencias, es la excesiva permisividad para crear procesos de paz, en bucle, que vuelven sinónimo la paz con la impunidad.

Aquí es donde tiene importancia la introducción.

El Estado colombiano, posee entre sus miles de herramientas, el uso legítimo de la fuerza -incluida la violencia-, para salvaguardar los derechos -humanos o no- de aquellos ciudadanos que han cedido tal responsabilidad.

Es un deber indiscutible por su base legal y ética -bajo la filosofía en la que se construyó al Estado- y no puede, ni debe, quedar bajo cuestionamiento solo por un discurso político.

Por ello, es válido cuestionar y exigir acciones al ejecutivo, cuando pretende solucionar con un diálogo infinito problemas tan delicados como la defensa de la vida y la propiedad privada.

Respecto a la segunda pregunta, la oposición de aquel entonces recurrió a los mismos viles instrumentos de manipulación, y la polarización quedo a tal grado que hoy o se es amigo del discurso de la paz -porque no es paz verdadera- o eres un mercenario con sed de sangre y en búsqueda de matar por satisfacción.

Esta satanización que aún existe es tan impenetrable que bloquea, muy irónicamente, cualquier diálogo social sensato sobre la política de paz en el país.

Y solo cuando realmente separemos que es discurso y que es paz real, podremos avanzar integralmente en este terreno.

¿Y cómo buscamos la paz?

La paz, que viene del latín pax, no es más que la ausencia de guerra u hostilidades.

Y su definición es importante porque deja en claro que no exige un mecanismo específico para su construcción.

Tener un Estado robusto en defensa, justicia, reparación y re-socialización no significa ser la antítesis de la paz.

De hecho, la mayoría de los Estados modernos han conseguido altos grados de paz en sus sociedades, precisamente por el estricto cumplimiento de las leyes y demás componentes.

Vender la idea de que solo la paz se consigue a través del dialogo, es la más grande señal de que estamos frente a un politiquero que solo busca seguir raspando capital político de esa otra gran necesidad humana, que es vivir en paz.

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